Capítulo Uno
El metro
Yo iba atrasada a la Universidad ese día, más encima llena de papeles, en esa carpeta rosada, que ya reventaba entre esos elásticos viejos, bueno, mal que mal, la compré cuando iba en primero medio, y ya estoy en tercer año de Universidad.
En Toesca, subió una niñita – y digo niñita porque era delgadísima- que apenas cabía en ese carro tan lleno de gente, por ser el horario “peak” de la mañana y bueno, se quedo justo delante de mí y todo el camino, hasta Lo Ovalle, la sentía cerca y me molestaba en parte esa sensación, yo siempre he sido quisquillosa en cuanto a las distancias , de pronto, casi llegando a mi estación de bajada, el tren se detiene en medio del túnel, y por los parlantes nos dicen que teníamos que caminar dos carros, y llegaríamos a la estación , el motivo : Un suicida había elegido justo ese lugar para dejar de existir.
Un miedo terrible me invadió, ya que nunca he visto una persona mutilada de esa manera, sin embargo conservé la calma y caminé delante de la niñita hasta llegar al andén, para ese entonces ya tenían tapado el cuerpo y no veía nada, por suerte, pero a mí, la despistada, se me cayó la carpeta y se le cortó un elástico, ante lo cual la niñita reaccionó y me ayudó a recoger mis miles de fotocopias, luego de eso le di las gracias, miré la hora y me di cuenta que de nada valía llegar a esa hora a la Universidad ya que la clase había empezado hace rato y esa profesora no dejaba entrar a nadie más después de ella, en agradecimiento, invité a Casandra – así se llamaba la niñita – a tomar un café arriba, aceptó gustosa y de paso comentamos acerca de nuestras carreras, así supe que estudiaba Arte en la Universidad de Chile y que iba en tercer año, al igual que yo, y que ahora no iba a clases sino que a una biblioteca a buscar unos textos, por lo cual no le apuraba el viaje.
Durante el café no me cansé de observarla, a pesar de su delgadez mantenía una belleza pura, sin maquillaje ni artificios, de hecho ni siquiera llevaba aros, pero lucía un anillo en su mano derecha, ello me sorprendió, y a la vez me atrajo, hablamos trivialidades, intercambiamos celulares, y nos despedimos de beso en la mejilla a la salida del metro. Yo pensé que nunca más la vería, y eso del intercambio de celulares es típico, es como cuando das tu tarjeta al final de una conversación en avión, sabes que al tipo no lo volverás a ver, pero por si acaso, uno nunca sabe.
Ese día no hice más que pensar en el muerto del metro y en Casandra, era muy pequeñita y casi insignificante su silueta, sin embargo era dueña de una labia y femineidad impresionantes, que me hicieron dudar de mi condición de heterosexual durante mucho tiempo después.
Una semana más tarde, estaba llena de pruebas, llena de estudio y para colmo no tenía tiempo de nada, aunque hubiese vendido mi alma al diablo por ver nuevamente a Casandra aunque fuera solo un café más, para darme un relajo y olvidar por un momento las presiones del mundo universitario, pero no, no podía ser, simplemente, caminé hacia la boletería y la borré de mi mente. Tomé el metro, y me encontré a Antonia, hablamos las tonteras de siempre y nos despedimos en Los Héroes, recapacité después de esa breve conversa ¿qué diría Antonia si me viera de lesbiana?
Quizás Casandra ni siquiera lo era, así que mi mente estaba incubando sueños tempranos, sueños, como siempre, inalcanzables…
Llegué a la universidad y como que recuperé el ánimo, clases, clases, conversas, yo siempre tan social y tan mediática para esas cosas, con tantos conocidos, me alegré de ver a Pamela y de poder contarle con toda libertad el mini-pensamiento que tenía, me dijo: olvídala mejor,fue tajante en su respuesta.
- Tú no eres lesbiana, ni ella tampoco
- (¿o lo éramos ambas?).

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