Capítulo siete
Ian y Constanza
Conocí a Coni el 2002, cuando ambos pasamos a tercero medio y por cosas del destino quedamos juntos, en el mismo curso.
Debo reconocer que, en principio, no me gustaba en absoluto, la encontraba demasiado soberbia, no sé…como decirlo…quizás muy “masculina” para ser mujer – más tarde adoré esa característica – pero me chocaba un poco su personalidad hombruna.
Luego de mucho mirarla y de hablarle sin éxito, una tarde no encontré mejor manera de llamar su atención que lanzarle una hoja de cuaderno escrita:“Te espero a la salida”, decía…sí, ya sé que creerán que es cursi esa forma…pero créanme que a ella le encantó, porque apenas leyó la bolita de papel me miró y afirmó con su cabeza. Ese mismo día nos hicimos amigos, muy amigos.
En aquel entonces yo pololeaba con María José, una niña muy bella comparada a Constanza, sin embargo, Coni desde siempre fue una niña especial, muy líder – y precisamente por eso mucha gente en el curso la odiaba – ya que no se apabullaba ante cualquier multitud y nada le costaba pararle el carro a quien fuera con tal de hacer valer su pensamiento…desde ahí en adelante creo que me empezó a gustar, no sé. A veces me decía: Tú sacas cosas de mí que me cargan .
A Coni le cargaba que alguien la dominara, que la conociera demasiado, y tal vez por eso se enamoró de mí, porque me di el tiempo de conocerla tanto, que incluso conocía todas y cada una de sus reacciones frente a cualquier situación.
Siempre se quejaba que había sufrido mucho, y de ello en parte tuve yo la culpa, porque también la hice sufrir, pero en el fondo la quise mucho, siempre la quise y de orgulloso nunca se lo dije, la hacía leer entrelíneas, para probar su inteligencia, pero ella ya me llevaba diez pasos adelante en cada uno de esos peligrosos juegos.
La tarde que mi madre la conoció me dijo que la encontraba muy linda, muy inteligente, pero ¿y María José?...
Sin darme cuenta estaba llevando dos relaciones paralelas, aunque con Coni aún no había pasado nada, ya coqueteábamos bastante y no era necesario ningún tipo de acercamiento. Nuestro amor siempre fue, por así decirlo, espiritual.
Esa mañana le dije que llegara bien temprano, estábamos ansiosos, y aunque no dijimos nada, ambos sabíamos a lo que íbamos. Como siempre, ella llegó tarde, a las 7.40 para ser exactos, cuando dejó su mochila en el asiento de siempre, y se acercó a mí, la vi más bella que nunca, con sus pestañas delicadamente onduladas y sus labios levemente maquillados de color café, lo cual acentuaba la paz de su mirada, su piel morena, su serena y cálida aura llena de amor.
No perdamos el tiempo, le dije, y la arrinconé con un beso eterno, dulce, casual, en el que ella dejó llevar sus inexpertos labios por mi boca aventurera.
Nos abrazamos y algo en mí en ese momento cambió para siempre, su castidad me llenó de algo maravilloso, y desde entonces no hubo día donde no pensara en ella, en su locuacidad, su inteligencia y su madurez frente a la vida, que ya hubiese querido tenerlas yo a su edad. Desde ese día aprovechaba cualquier momento para besarla, en ocasiones lo hacía en clases, escondiéndola junto a mí tras las cortinas de la sala, en un acto de complicidad único, que jamás tuve con ninguna otra mujer. En el fondo nunca dijimos “estamos pololeando” ni nada de eso, las etiquetas no cabían en nuestra relación, más bien me preocupaba no dañarla, no romper esa confianza tan especial que había entre nosotros.
Sin embargo, más temprano que tarde me vi enamorado de ella, enamorado hasta las patas, y ya no podía seguir mintiéndole a María José. Yo amaba a Coni, pero en el fondo sabía que no era cualquier amor: ella era el amor de mi vida. Lo supe desde mucho antes, desde que estaba solo y buscaba a una niña, casi sin quererlo pensaba en alguien con las características de la Coni.
Decírselo a María José fue lo más duro de todo, porque al principio ella se desesperó y cayó en un estado depresivo que duró mucho tiempo. Pero nada de eso me frenó, yo había dejado de querer a la Cote hacía tiempo y no me quedaría con ella solo por lástima.
La tarde que le conté a Constanza salimos a comer helados a la plaza que nos quedaba cerca del colegio, para ese entonces ya todo el curso sabía de nuestra relación y muchos profesores también, no nos escondíamos de nadie, éramos libres en medio de ese “submundo” que nos concedía la enseñanza media. Salimos del colegio a las 17:10, como de costumbre, y me la llevé de la mano por la pasarela que conducía al lugar elegido por mí para declararle de una vez por todas mi amor, ya había pasado un año y medio desde que nos habíamos besado, mi amor por ella superaba todas las barreras, todo el orgullo que pude haber sentido, todas las rencillas de nuestras absurdas discusiones, sentía que si no era con ella, con nadie lograría formar una familia.
Constanza era mi todo, mi luz, mi sendero, mi futuro, tanto así que incluso si ella no era feliz a mi lado yo estaba dispuesto a que buscara a alguien que la hiciera feliz, no soportaba verla llorar, porque Coni se merecía todo el amor del mundo, todo el amor que ella me estaba entregando y que me había declarado en las 18 cartas que a la fecha me había escrito, estaba tan enceguecido que si hubiese sido necesario para demostrarle mi cambio, y mi renuncia a las demás mujeres, me habría casado con ella. Mi libertad estaba solo amarrado a su lado, pues ninguna de las mujeres que dejaron su huella en mis sábanas se comparaba con Coni, el amor de mi vida, la mujer que sería madre de mis hijos, que caminaba con esa soberbia única, con ese vientecillo de éxito que dejaba a su paso, esa agitación al hacer el amor, sus movimientos tan delicados, tan sublimes, su cabello único, algo rizado y que parecía acompañarla en su caminar. Constanza era. Ella era. Si no lo lograba con ella, jamás lo haría. Estaba tan lleno de ella, que no podía aguantarlo más.
- Ian, amor, espérame que quiero ir a comprar pan para llevarle a mi mamá, me dijo, y quedé esperándola en la esquina antes de la plaza, pero quise sorprenderla comprando antes los helados, con su mochila en la mano , y mi corazón borracho de amor. Crucé la calle, y no miré hacia ninguna parte, solo la vi a ella, esperándome, al final del camino.
Cuando estaba en el suelo, minutos más tarde, cuando sentí que me iba, le dije: Constanza, te amo, te amo, con toda la fuerza de…
Ella me respondió entre lágrimas: yo también, Ian.
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Espero les guste, lo tenía guardadito hace tieeeeempo y sin duda este es el más "terapéutico" de todos...léanlo y sabrán por qué.
Me voy a escribir nuevamente.
Tammy
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